La desmitificación del “acento perfecto”
Alexander Paredes
Durante una conversación virtual a partir de un
video sobre el Indian English, surgió una afirmación que ejemplifica uno
de los prejuicios más frecuentes frente a la diversidad lingüística: la
equiparación entre diferencia fonética y error lingüístico. Un usuario afirmó
que “esos sonidos son incorrectos”. Al solicitarle la definición de sonido
incorrecto, respondió que “no eran sonidos propios del idioma inglés”,
señalando como ejemplo que “la R debe sonar como un oso”.
Frente a esta concepción prescriptiva de la
pronunciación, mi respuesta fue utilizar el sarcasmo mediante la creación
ficticia del “International Bear Phonetic” (IBP), un supuesto sistema donde los
fonemas serían evaluados a partir de rugidos de animales. La intención era
evidente: mostrar lo absurdo que resulta juzgar una variedad lingüística
oficial mediante parámetros inexistentes. Sin embargo, la incapacidad para
interpretar la ironía reveló un problema más profundo relacionado con la
competencia pragmática: no basta con conocer estructuras lingüísticas; también
es necesario comprender intenciones, contextos y significados implícitos
(Levinson, 1983; Yule, 1996).
Tras la creación ficticia del International
Bear Phonetic, la siguiente respuesta fue afirmar que “eso no existe”, sin
reconocer que precisamente esa era la finalidad del recurso irónico. Posteriormente, al mantener su interpretación literal, respondió: “I
don't want to argue with you. Keep going with your fantasies”. La ironía final de la situación es que la
verdadera “fantasía” consistía en reducir el dominio de una lengua al
conocimiento de vocabulario y estructuras gramaticales, ignorando que la
competencia comunicativa implica interpretar significados implícitos,
comprender el contexto sociocultural y utilizar el idioma de manera adecuada en
situaciones reales.
Este episodio representa una problemática
mayor: durante décadas se ha impuesto la idea de que existe una única forma
correcta de hablar una lengua, perpetuando visiones monolíticas que
invisibilizan la pluralidad. Kachru (1985, 1992), a través de su modelo de los
tres círculos concéntricos del inglés, demostró que las variedades
institucionales del círculo exterior (como el inglés del sur de Asia o de
Nigeria) poseen legitimidad histórica, gramatical y fonológica propia. Las
lenguas son organismos vivos construidos por comunidades, historias y
territorios. Aprender un idioma no significa borrar la identidad del hablante,
sino ampliar su capacidad para comunicarse con diferentes voces.
Por ello, resulta indispensable diferenciar
entre inteligibilidad y acento. Jenkins (2000, 2002) y Seidlhofer (2011), en
sus investigaciones sobre el inglés como lengua franca (ELF), sostienen que la
meta pedagógica no debe ser la imitación servil del hablante nativo idealizado,
sino el mantenimiento de un núcleo fonológico inteligible (Lingua Franca
Core) que garantice el intercambio de significado. La pronunciación cumple
una función comunicativa: permite que los sonidos sean suficientemente claros
para evitar confusiones de significado. Corregir una diferencia fonológica que
impide comprender un mensaje es parte natural del aprendizaje lingüístico;
erradicar el acento, en cambio, responde a un prejuicio ideológico.
El acento pertenece a una dimensión identitaria
profunda. Como advierte Lippi-Green (2012), la discriminación basada en el
acento es una de las formas más normalizadas de subordinación social. El acento
es la música de una lengua, la huella geográfica, social y cultural de quien
habla. Pretender que un estudiante abandone su acento para imitar un estándar
comercial no representa una necesidad comunicativa, sino una forma de exclusión
lingüística y asimilación forzada.
Este fenómeno también aparece en el español.
Con frecuencia surgen debates en redes sociales sobre dónde se habla “el mejor
español” o cuál variedad sería más “correcta”: desde internautas de Ciudad de México, Lima o Bogotá que reclaman para sí la etiqueta de un supuesto
“español neutro”, hasta usuarios españoles que defienden la supremacía de su
norma bajo la falacia de ser la variedad “original” o matriz.
Desde una perspectiva sociolingüística
descriptiva, el llamado español neutro no constituye una lengua viva hablada
por una comunidad territorial real; es una construcción artificial vinculada a
las industrias del doblaje, el mercado editorial y los medios de comunicación
corporativos (del Valle, 2007), del mismo modo que el castellano peninsular
representa una evolución diacrónica más entre el conjunto de normas
hispanohablantes, no una fuente de pureza inmutable.
Reconozco que ciertas variedades pueden funcionar como herramientas didácticas iniciales debido a su relativa estabilidad y transparencia fonética —como suele ocurrir con las normas urbanas cultas de Ciudad de México, Lima o Bogotá antes mencionadas—, caracterizadas tradicionalmente por el mantenimiento claro del vocalismo, la articulación plena de consonantes oclusivas y la conservación de la /s/ implosiva frente a fenómenos de aspiración o elisión propios de las zonas costeras y caribeñas—; condición que erróneamente suele confundirse con la existencia de un “español neutro”, cuando en realidad esa utilidad pedagógica no otorga jerarquía ni superioridad intrínseca frente a otras variantes dialectales (Moreno Fernández, 2010).
Del mismo modo, la elección formativa debe
responder a criterios de pertinencia geográfica y pragmática antes que a
inercias editoriales: aunque la mayoría de los manuales de ELE como L2 han
priorizado históricamente la norma ibérica, imponer este modelo a un estudiante
cuya inmersión, necesidades laborales o entorno comunicativo se sitúan en
Latinoamérica resulta disfuncional frente a los usos léxicos, morfosintácticos
y prosódicos reales de la región, fenómeno que ocurriría de forma análoga a la
inversa. Un estudiante competente debe desarrollar flexibilidad auditiva ante
la policentricidad de la lengua.
Esta reflexión se consolida en mi propia
trayectoria profesional en el entorno turístico. Antes de dedicarme a la
docencia, trabajé como recepcionista a bordo de la compañía de cruceros
italiana Costa Crociere entre 2009 y 2012. La lengua dejó de ser un conjunto de
reglas prescritas en manuales para convertirse en una interacción humana
situada. Aunque contaba con certificaciones formales avanzadas en inglés,
italiano y francés, la realidad operativa a bordo evidenció que el dominio real
trasciende el aula.
Conviví a diario con pasajeros y tripulantes de
orígenes diversos, lo que representó un constante reto de descodificación
fonética, cinésica y pragmática: desde la prosodia y el repertorio léxico de
los francófonos de Quebec o las marcadas particularidades sintácticas y
fonológicas de las variantes del sur de Italia, hasta la cadencia rápida y la
elisión consonántica del español caribeño, pasando por el ritmo y la
musicalidad del inglés de Irlanda.
A ello se sumaban los usuarios de segundas lenguas con transferencias de su lengua materna; por ejemplo, la constante aparición de la epéntesis vocálica en hablantes brasileños o japoneses al articular grupos consonánticos en inglés (añadir un sonido vocálico de apoyo en palabras terminadas en consonantes oclusivas). Comprenderlos exigía no solo entrenar el oído, sino interpretar el lenguaje corporal, los gestos y las microexpresiones que completaban el acto de habla. Esta experiencia también permitió comprender que la competencia comunicativa no implica utilizar la lengua de manera idéntica en todos los contextos, sino desarrollar la capacidad de adaptación según el interlocutor, la situación y el propósito comunicativo.
Como señala Labov (1972), los hablantes poseen un repertorio lingüístico que les permite variar sus formas de expresión de acuerdo con los contextos sociales en los que participan. En ámbitos profesionales internacionales, como una entrevista laboral, una presentación académica o una interacción con clientes, conocer las convenciones pragmáticas, discursivas y socioculturales de la comunidad con la que se interactúa puede favorecer una comunicación más eficaz.
Sin embargo, esta adaptación no debe confundirse con la eliminación de la identidad lingüística del hablante ni con la obligación de reproducir un acento considerado prestigioso. Esta interacción intercultural demandó activar lo que Canale y Swain (1980) definieron como competencia estratégica y sociolingüística: la capacidad de reparar quiebres en la comunicación, adaptarse a registros disímiles y negociar significado en tiempo real. La verdadera competencia comunicativa se manifiesta en la interacción cotidiana mediante la lectura de silencios, ritmos, lenguaje no verbal y patrones culturales específicos (Hymes, 1972).
Por esta razón, la evaluación del dominio
idiomático no puede reducirse a cuestionarios descontextualizados o pruebas
breves de internet que miden memoria gramatical pasiva. El Consejo de Europa
(2002, 2020), a través del Marco Común Europeo de Referencia para las Lenguas
(MCER), estructura la competencia en actividades de comprensión, producción,
interacción y mediación precisamente porque el uso de la lengua es
multidimensional y pragmático.
Un hablante competente no se siente amenazado
por un acento distinto ni exige que el mundo hable bajo una norma homogénea;
activa estrategias de escucha para procesar la diversidad del input. La
inteligencia comunicativa radica en la adaptabilidad contextual.
En la enseñanza contemporánea de lenguas
extranjeras es imperativo abandonar los modelos hegemónicos que condicionan el
éxito formativo a la pérdida del origen del estudiante. La pronunciación
inteligible es el puente técnico que asegura la comunicación; el acento es el
testimonio vivo de la identidad, la memoria y la trayectoria personal. Aprender
una lengua no consiste en silenciar la propia voz para calzar en un molde
ajeno, sino en expandir los recursos comunicativos para que esa voz propia
resuene con claridad y dignidad en cualquier parte del mundo.
Referencias
Canale, M., & Swain, M. (1980). Theoretical bases of
communicative approaches to second language teaching and testing. Applied Linguistics, 1(1), 1–47. https://doi.org/10.1093/applin/1.1.1
Consejo de Europa. (2002). Marco común
europeo de referencia para las lenguas: aprendizaje, enseñanza, evaluación.
Instituto Cervantes; Ministerio de Educación, Cultura y Deporte; Anaya.
Council of Europe. (2020). Common European Framework of Reference
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del Valle, J. (Ed.). (2007). La lengua,
¿patria común?: Ideas e ideologías del español. Iberoamericana
/ Vervuert.
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J. Holmes (Eds.), Sociolinguistics: Selected readings (pp. 269–293). Penguin Books.
Jenkins, J. (2000). The phonology of English as an International
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Jenkins, J. (2002). A sociolinguistically based, empirically
researched pronunciation syllabus for English as an International Language. Applied Linguistics, 23(1), 83–103. https://doi.org/10.1093/applin/23.1.83
Kachru, B. B. (1985). Standards, codification and sociolinguistic
realism: The English language in the outer circle. En R. Quirk & H. G.
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Kachru, B. B. (Ed.). (1992). The other tongue: English across
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of Illinois Press.
Labov, W. (1972). Sociolinguistic
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ideology, and discrimination in the United States (2.ª ed.). Routledge. https://doi.org/10.4324/9780203348802
Moreno Fernández, F. (2010). Las variedades
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Seidlhofer, B. (2011). Understanding English as a Lingua Franca.
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