La delgada —y a veces peligrosa— línea entre el apoyo cognitivo y la atrofia
del pensamiento crítico en la educación y la vida diaria
—Alexander Paredes
¿Estamos
utilizando la inteligencia artificial para organizar
mejor nuestras
ideas o para que la propia IA las reemplace?
Un estudiante de lenguas se
prepara para convertirse en profesor de español. En una de sus asignaturas debe
elaborar una propuesta pedagógica relacionada con la cultura mexicana. Tiene
varias posibilidades de trabajo: el Día de Muertos, el Grito de Dolores, la
Revolución Mexicana, alguna tradición regional, entre otras opciones.
Opta por el Grito de Dolores.
Para preparar su propuesta busca
información y encuentra un texto amplio con un rico contexto histórico,
simbólico y cultural sobre las fiestas patrias mexicanas. En él encontraría
información sobre el origen del Grito de Dolores y su relación con el inicio
del movimiento de Independencia de México el 16 de septiembre de 1810, así como
referencias al cura Miguel Hidalgo y Costilla, al sonido de la campana que
convocó al pueblo a reunirse frente a la parroquia de Nuestra Señora de Dolores
y a la arenga que actualmente se recrea cada año durante la ceremonia cívica.
También encontraría elementos
simbólicos asociados con esta celebración: el estandarte con la imagen de la
Virgen de Guadalupe utilizado por los insurgentes, la bandera mexicana y sus
colores verde, blanco y rojo como representaciones de la identidad nacional.
Además, el material incluiría referencias a la gastronomía tradicional, como
los chiles en nogada, un platillo que condensa los ideales del Ejército
Trigarante, donde el verde del chile poblano y el perejil simbolizan la
Independencia, el blanco de la salsa de nuez evoca la pureza de la Religión y
el rojo de la granada representa la Unión del pueblo mexicano; elementos que
consolidan su profunda relación con los colores patrios y con las fiestas de
Independencia.
Asimismo, el texto explicaría la
diferencia entre la fecha histórica del 16 de septiembre y la manera en que
actualmente se vive la celebración desde la noche del 15, cuando familias y
comunidades enteras se reúnen en el Zócalo de Ciudad de México, en el jardín
principal de Dolores Hidalgo, Guanajuato y en todas las plazas principales del
país para participar en la ceremonia del Grito, acompañada de música, comida,
convivencia, verbenas populares y diversas expresiones culturales. De esta
forma, el documento presentaría la Independencia de México no solo como un acontecimiento
del pasado, sino como una tradición viva que continúa formando parte de la
identidad cultural mexicana.
El estudiante debe leer el texto,
comprenderlo y, posteriormente, transformar esa información en una actividad
significativa para sus futuros alumnos.
Pero el texto es extenso.
Entonces decide utilizar una herramienta de inteligencia artificial como atajo
cognitivo. Copia el contenido y escribe:
«Hazme un breve resumen sobre
las fiestas patrias de México que me sirva para proponer una actividad para una
clase de español».
La respuesta llega en segundos:
«En septiembre, las calles de
México se llenan de rojo, blanco y verde; la gente celebra con alegría, comida
típica, música y reuniones familiares. La noche del 15, se reúnen en el Zócalo esperando
escuchar la campana para celebrar el Grito y recordar la Independencia del país».
Parece correcto. No hay una
mentira evidente. Está bien escrito. Es breve. Es comprensible.
Sin embargo, algo fundamental se
perdió durante el proceso.
El texto original contenía
elementos que le permitían comprender la complejidad, el trasfondo y la cuna
histórica de la celebración. El resumen, en cambio, redujo todo aquello a unas
cuantas frases fácilmente consumibles.
El estudiante ya no tuvo que
identificar qué era lo verdaderamente relevante, porque la herramienta ya lo
había decidido. Tampoco tuvo que establecer las relaciones entre los diferentes
componentes, porque la máquina ya los había organizado. Finalmente, tampoco
tuvo que decidir cómo llevar ese contenido a su futura clase y transformarlo en
una experiencia didáctica, porque el resumen ya le había entregado una versión
predigerida.
La inteligencia artificial puede
ser un recurso extraordinario para el aprendizaje. Puede ayudarnos a
estructurar una idea previa, mejorar la redacción de un texto, ordenar
información dispersa o encontrar una forma más clara de expresar aquello que
queremos transmitir. La idea sigue siendo nuestra.
El problema aparece cuando el
planteamiento original deja de tomarse como base y es sustituido por el
contenido procesado y organizado por la máquina.
Esto resulta especialmente
delicado en la formación docente. Un futuro profesor de lenguas no solo
necesita acumular datos sobre una lengua o una cultura; necesita desarrollar
criterio propio para decidir qué enseñar, cómo enseñarlo, por qué hacerlo y cómo
convertir aquello que aprendió en una experiencia significativa para sus
futuros alumnos, utilizando la herramienta para estructurar o pulir su
propuesta, jamás para sustituir su pensamiento.
Porque un texto puede estar muy
bien escrito, pero carecer de lo esencial: la voz de quien lo firma.
Este es uno de los grandes
desafíos del uso de la inteligencia artificial en la educación contemporánea:
no se trata únicamente de saber utilizarla, sino de aprender a integrarla sin
renunciar a aquello que nos hace autónomos.
Actualmente, al entrar en una
página web, solemos encontrar un CAPTCHA que nos pide demostrar que no somos un
robot. Debemos seleccionar imágenes, identificar objetos o marcar una casilla
para confirmar que detrás de la pantalla existe una persona de carne y hueso.
Aunque, paradójicamente, en la
vida real hacemos todo lo contrario. Nos ponemos unos lentes inteligentes y
decimos: «Hey Meta, ¿cómo está el clima?», «Hey Meta, ¿qué me pongo hoy?»,
demostrando cómo mirar por la ventana para sentir el viento o elegir qué ropa
vestir frente al espejo, parece haberse vuelto demasiado complicado, al grado
de normalizar la renuncia a las decisiones microcotidianas disfrazada de estilo
de vida o progreso.
Conforme la inteligencia
artificial se integre cada vez más en nuestro día a día y le vayamos delegando
nuestra capacidad de analizar, resumir, crear y decidir —e incluso, de forma
inconsciente, la percepción de nuestro entorno inmediato—, la verdadera pregunta
ya no es si puedo demostrarle a un CAPTCHA que no soy un robot, sino: ¿estoy
dejando de ejercer aquello que me distingue de uno?