lunes, 23 de marzo de 2026

Entre evaluación y aprendizaje: tensiones en la enseñanza de lenguas desde un enfoque crítico

 Por Alexander Paredes



El presente artículo analiza críticamente las tensiones entre evaluación y aprendizaje en la enseñanza de lenguas, particularmente en contextos donde la estandarización, la coevaluación obligatoria y la burocratización del proceso educativo desplazan la construcción significativa del conocimiento. A partir de un enfoque teórico sustentado en Vygotsky, Krashen, Cassany y Selinker, se examinan los efectos de estas prácticas sobre el desarrollo lingüístico y el bienestar afectivo del estudiante. Asimismo, se incorporan los aportes de Van Manen y Savater, junto con una reflexión sobre la concepción de la docencia desde una experiencia formativa concreta. El artículo propone una perspectiva pedagógica orientada hacia la autonomía, la sensibilidad y el pensamiento crítico.

Palabras clave: evaluación, enseñanza de lenguas, coevaluación, filtro afectivo, Vygotsky, pedagogía crítica.

Introducción: la ilusión de la estandarización

En la práctica docente contemporánea existe una tensión constante entre dos lógicas: la gestión administrativa y la mediación pedagógica.

La primera exige rapidez, control, evidencia cuantificable.

La segunda demanda tiempo, reflexión, acompañamiento.

El problema surge cuando la primera comienza a dominar a la segunda.

En ese momento, enseñar deja de ser un proceso de construcción y se convierte en una secuencia de cumplimiento de formatos.

Plantillas.
Protocolos.
Listas.
Criterios.

Incluso el lenguaje pedagógico se ve afectado: saludos obligatorios, estructuras rígidas, interacciones prediseñadas.

Este tipo de estandarización, lejos de ser neutra, tiene efectos directos en el proceso de aprendizaje. En particular, puede elevar el filtro afectivo descrito por Stephen Krashen (1982), generando ansiedad, desmotivación y bloqueo cognitivo.

Esto resulta especialmente problemático en estudiantes con trayectoria profesional, quienes pueden percibir estos entornos como infantilizantes o reductivos.

El espejismo de la coevaluación

La coevaluación se presenta, en muchos casos, como una estrategia de aprendizaje colaborativo. Sin embargo, su implementación no siempre responde a este principio.

Solicitar a los estudiantes que asignen una calificación numérica a sus compañeros en un foro público introduce tensiones importantes:

¿Se trata realmente de aprendizaje colaborativo?

¿O de la delegación de una función que corresponde al docente?

Cuando no existe una mediación pedagógica adecuada, esta práctica puede convertirse en un mecanismo de exposición que afecta la seguridad emocional del estudiante.

Desde esta perspectiva, la evaluación deja de ser formativa y se transforma en un ejercicio de juicio entre pares.

Además, se observa una problemática recurrente: la priorización del “molde” sobre el contenido.

Un trabajo puede cumplir perfectamente con la estructura solicitada —bien organizado, visualmente ordenado— y aun así carecer de profundidad.

En contraste, una propuesta con mayor sustento teórico o creatividad puede verse penalizada si no se ajusta al formato esperado.

Esto refleja una tensión entre forma y fondo que atraviesa muchas prácticas educativas actuales.

Fundamentación vs. superficialidad

Desde la teoría sociocultural, Lev Vygotsky (1978) plantea que el lenguaje cumple un papel central en la construcción del pensamiento.

La transición de la sintaxis interna al lenguaje externo no es un proceso mecánico, sino una transformación profunda que implica reorganización cognitiva.

En este sentido, la práctica repetitiva sin reflexión —como la reproducción de audios sin contexto significativo— limita el desarrollo de procesos más complejos de pensamiento.

Por otro lado, Daniel Cassany (1999) enfatiza que la competencia comunicativa no puede reducirse a la corrección formal.

La verdadera competencia implica interacción, negociación del significado y adecuación al contexto.

Cuando las actividades se reducen a listas de cotejo fragmentadas, se corre el riesgo de descomponer la comunicación en elementos aislados, perdiendo su naturaleza integral.

Asimismo, desde la noción de interlengua propuesta por Larry Selinker (1972), el error no es un fallo, sino una etapa del proceso de adquisición.

Sin embargo, si el entorno educativo penaliza constantemente el error, se inhibe la participación y se limita el aprendizaje.

Las “alas atadas”: el riesgo de la deserción intelectual

Uno de los efectos más preocupantes de la infantilización del entorno universitario es la posible deserción intelectual.

Cuando el estudiante percibe que no se le permite pensar, cuestionar o proponer, su motivación disminuye.

Se genera entonces un perfil de estudiante que aprende a cumplir, pero no necesariamente a comprender.

Este tipo de formación puede derivar en la creación de “ejecutores de instrucciones”, en lugar de profesionales con pensamiento crítico.

En el caso de la enseñanza de lenguas, esto resulta especialmente grave, ya que el objetivo no debería ser únicamente reproducir estructuras, sino desarrollar la capacidad de negociar significados y comunicarse en contextos reales.

Conclusiones: hacia una neurodidáctica de la libertad

Frente a estas tensiones, es necesario repensar el modelo educativo desde una perspectiva más humana y flexible.

El filtro afectivo, los procesos sociocognitivos y la naturaleza social del lenguaje exigen entornos que favorezcan la seguridad, la autonomía y la participación activa.

En este sentido, el pensamiento de Max Van Manen (1991) resulta fundamental al introducir el concepto de tacto pedagógico: la capacidad del docente de actuar con sensibilidad, tomando decisiones situadas que favorezcan el aprendizaje.

Asimismo, Fernando Savater (1997) plantea que educar implica formar sujetos libres, capaces de pensar por sí mismos.

Desde esta perspectiva, la docencia no puede reducirse a una cadena de producción de tareas, sino que debe concebirse como un acto de diálogo, construcción y acompañamiento.

Ser maestro implica aprender con los estudiantes.

Implica reconocer en ellos sus necesidades, sus trayectorias y sus aspiraciones.

Implica también aceptar los propios errores y convertirlos en oportunidades de crecimiento.

En palabras de una reflexión compartida por uno de mis profesores:

Ser maestro es un proceso inacabado.

Es sensibilidad.

Es compromiso.

Es humanidad.


Referencias

Cassany, D. (1999). Construir la escritura. Paidós.

Krashen, S. D. (1982). Principles and practice in second language acquisition. Pergamon Press.

Selinker, L. (1972). Interlanguage. International Review of Applied Linguistics, 10(3), 209–231.

Savater, F. (1997). El valor de educar. Ariel.

Van Manen, M. (1991). El tacto en la enseñanza. Paidós.

Vygotsky, L. S. (1978). Mind in society: The development of higher psychological processes. Harvard University Press.

 

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