Una reflexión sobre los exámenes en línea, la inteligencia artificial y la responsabilidad de seguir pensando por nosotros mismos.
— Alexander Paredes
La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) anunció recientemente la suspensión temporal del proceso de inscripción para el ciclo 2026-2027 de nuevos aspirantes debido a las irregularidades detectadas en su examen de admisión en línea. Independientemente de cuál sea el resultado de la investigación, la noticia vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que considero mucho más importante que cualquier proceso de selección: ¿qué papel queremos que desempeñe la inteligencia artificial en nuestra forma de aprender, decidir y pensar?
Hace unos días conversaba con la mamá de uno de mis alumnos de italiano. Me contó que su hijo presentó un examen de ingreso a la preparatoria en línea. Nunca pasó por su mente ayudarlo, contratar a alguien para responder por él ni permitirle utilizar inteligencia artificial para resolver las preguntas. El resultado fue que no obtuvo un lugar.
Tiempo después presentó un examen presencial para otra institución. Esta vez fue admitido y, según comentaban otros aspirantes, el examen había sido realmente difícil.
Por supuesto, no puedo afirmar que quien obtiene un resultado extraordinario en un examen en línea haya hecho trampa. Sería irresponsable hacerlo. Tampoco puedo asegurar que las irregularidades detectadas por la UNAM se deban al uso de inteligencia artificial. La propia Universidad deberá determinar qué ocurrió.
Sin embargo, tampoco podemos ignorar que vivimos en una época en la que responder un examen desde casa ya no garantiza, por sí mismo, que estemos evaluando exclusivamente los conocimientos de una persona. Hoy existen asistentes inteligentes capaces de resolver problemas, redactar textos, traducir contenidos y responder preguntas complejas en cuestión de segundos. Esto obliga a replantear no solamente la manera en que evaluamos, sino también la forma en que concebimos el aprendizaje.
Ahora bien, esta reflexión no pretende demonizar la inteligencia artificial. Todo lo contrario.
Actualmente curso estudios sobre Inteligencia Artificial en el Harbin Institute of Technology porque estoy convencido de que representa una de las transformaciones tecnológicas más importantes de nuestro tiempo. La IA tiene un enorme potencial para democratizar el acceso al conocimiento, personalizar procesos educativos y apoyar a millones de personas en tareas que antes resultaban imposibles o inaccesibles.
Holmes, Bialik y Fadel (2019) sostienen que la inteligencia artificial puede enriquecer significativamente la educación al ofrecer retroalimentación inmediata, adaptar los contenidos al ritmo de cada estudiante y ampliar las oportunidades de aprendizaje. En la enseñanza de lenguas, por ejemplo, un estudiante puede practicar conversación en cualquier momento del día, recibir correcciones instantáneas y fortalecer aquellas habilidades que requieren mayor atención.
En mi propia investigación sobre el Modelo Sistémico del Filtro Afectivo Digital (MSFAD) sostengo precisamente que la inteligencia artificial puede convertirse en un entorno emocionalmente seguro para el aprendizaje. Un estudiante que siente ansiedad al hablar una lengua extranjera puede encontrar en la IA un espacio donde practicar sin temor a la burla, al juicio o a la presión social. Utilizada de esa manera, la tecnología no sustituye el aprendizaje: lo potencia.
El problema aparece cuando la inteligencia artificial deja de ser una herramienta y comienza a sustituir procesos que deberían seguir siendo humanos.
Cuando dejamos de escribir porque una máquina escribe por nosotros.
Cuando dejamos de investigar porque una máquina resume por nosotros.
Cuando dejamos de resolver problemas porque una máquina decide por nosotros.
Cuando dejamos de argumentar porque una máquina construye nuestras ideas.
Y esa dependencia ya no se limita al ámbito escolar.
Cada vez me preocupa más el mensaje que transmiten algunas empresas tecnológicas. Un ejemplo muy claro son las campañas publicitarias de los lentes inteligentes Ray-Ban Meta.
—"Hey Meta, ¿cómo está el clima?"
—"Hey Meta, ¿qué me pongo hoy?"
Confieso que esos anuncios me hacen reflexionar.
¿De verdad hemos llegado al punto en que mirar por la ventana o decidir qué ropa usar se volvió demasiado complicado?
¿Estamos empezando a vender la renuncia a las decisiones más simples como si fuera sinónimo de progreso?
No cuestiono la existencia del producto. De hecho, considero que tecnologías como estas pueden tener aplicaciones extraordinarias. Para una persona con discapacidad visual pueden representar una herramienta de enorme valor. La traducción en tiempo real puede facilitar la comunicación entre hablantes de distintas lenguas. En contextos profesionales, médicos o de emergencia, disponer de información inmediata puede marcar una diferencia importante.
Mi inquietud no es la tecnología.
Mi inquietud es el relato que muchas veces la acompaña.
Porque la publicidad rara vez enfatiza esos usos socialmente valiosos. En cambio, suele presentar como ideal una vida en la que incluso las decisiones más triviales son delegadas a un asistente inteligente.
Y ahí es donde considero que vale la pena detenernos a pensar.
La autonomía intelectual no desaparece de un día para otro. Se erosiona lentamente cuando dejamos de ejercitar las pequeñas capacidades que sostienen nuestro pensamiento cotidiano.
Elegir.
Observar.
Comparar.
Recordar.
Dudar.
Decidir.
Son acciones aparentemente simples, pero constituyen el entrenamiento diario de nuestro juicio.
Como señala Carenzio (2021), la alfabetización digital no consiste únicamente en aprender a utilizar herramientas tecnológicas. Implica también desarrollar la capacidad de comprender críticamente cómo funcionan, qué intereses las atraviesan y de qué manera modifican nuestras prácticas sociales, culturales y educativas.
La inteligencia funciona como un músculo.
No solo se fortalece resolviendo grandes problemas científicos o filosóficos; también se ejercita en las decisiones aparentemente insignificantes de la vida cotidiana.
No desarrollamos criterio si siempre alguien responde por nosotros.
No fortalecemos la creatividad si nunca enfrentamos el reto de pensar.
No aprendemos a argumentar si una máquina construye nuestros razonamientos.
No desarrollamos autonomía si convertimos cada decisión en una consulta permanente a un algoritmo.
La inteligencia artificial llegó para quedarse, y eso no tiene por qué ser una mala noticia.
Lo verdaderamente preocupante sería acostumbrarnos tanto a que piense por nosotros que terminemos olvidando cómo pensar por nosotros mismos.
No necesitamos menos inteligencia artificial.
Necesitamos un uso más consciente, más crítico y más responsable de la inteligencia artificial.
Necesitamos utilizarla para aprender, no para evitar aprender.
Para ampliar nuestras capacidades, no para reemplazarlas.
Porque el verdadero progreso no consiste en construir máquinas que piensen por nosotros.
Consiste en formar personas capaces de pensar mejor gracias a ellas.
Referencias
Carenzio, A. (2021). Educazione digitale. Scholé.
Holmes, W., Bialik, M., & Fadel, C. (2019). Artificial intelligence in education: Promises and implications for teaching and learning. Center for Curriculum Redesign.
Paredes, A. (2026). El filtro afectivo digital: Hacia un modelo sistémico y normativo para la enseñanza de lenguas mediada por Inteligencia Artificial. Manuscrito inédito.