jueves, 13 de agosto de 2026

¿Estamos utilizando la inteligencia artificial para organizar mejor nuestras ideas o para que la propia IA las reemplace?

La delgada —y a veces peligrosa— línea de su uso como herramienta de apoyo o sustituto del pensamiento crítico.

—Alexander Paredes



Un estudiante de lenguas se prepara para convertirse en profesor de español. En una de sus asignaturas debe elaborar una propuesta pedagógica relacionada con la cultura mexicana. Tiene varias posibilidades de trabajo, como el Día de Muertos, el Grito de Dolores, la Revolución Mexicana, alguna tradición regional, entre otras opciones.

Opta por el Grito de Dolores.

Para preparar su propuesta busca información y encuentra un texto amplio sobre las fiestas patrias mexicanas. El material contiene datos históricos, personajes clave, referencias culturales, explicaciones sobre las celebraciones, símbolos, gastronomía, prácticas sociales y las distintas formas en que esta fecha se vive en México.

El estudiante debe leerlo, comprenderlo y, posteriormente, convertir esa información en una actividad para sus futuros alumnos.

Pero el texto es extenso.

Entonces decide utilizar una herramienta de inteligencia artificial como atajo cognitivo. Copia el contenido y le pide:

«Hazme un breve resumen sobre las fiestas patrias de México que me sirva para proponer una actividad para una clase de español».

La respuesta llega en segundos:

«En septiembre, las calles de México se llenan de rojo, blanco y verde; la gente celebra con alegría, comida típica, música y reuniones familiares. La noche del 15, se reúnen en la plaza esperando escuchar la campana para celebrar el Grito».

Parece correcto.

No hay una mentira evidente.

Está bien escrito.

Es breve.

Es comprensible.

Sin embargo, algo se perdió durante el proceso.

El texto original contenía elementos que le permitían comprender la complejidad y el trasfondo de la celebración. El resumen, en cambio, redujo todo aquello a unas cuantas frases fácilmente consumibles.

El estudiante ya no tuvo que identificar qué era lo verdaderamente relevante, porque la herramienta ya lo había decidido. Tampoco tuvo que establecer las relaciones entre los diferentes componentes, porque la herramienta ya los había organizado. Finalmente, tampoco tuvo que decidir cómo llevar ese contenido a su futura clase y transformarlo en una experiencia didáctica, porque el resumen ya le había entregado una versión procesada.

La inteligencia artificial puede ser un recurso extraordinario para el aprendizaje. Puede ayudarnos a estructurar una idea previa, mejorar la redacción de un texto, ordenar información o encontrar una forma más clara de expresar aquello que queremos transmitir. La idea sigue siendo nuestra.

El problema aparece cuando su planteamiento original deja de tomarse como base y es sustituido por el contenido procesado y organizado por la máquina.

Esto resulta especialmente delicado en la formación docente. Un futuro profesor de lenguas no solo necesita acumular datos sobre una lengua o una cultura; necesita desarrollar criterio propio para decidir qué enseñar, cómo enseñarlo, por qué hacerlo y cómo convertir aquello que aprendió en una experiencia significativa para sus futuros alumnos, utilizando la herramienta para estructurar o pulir su propuesta, jamás para sustituir su pensamiento.

Porque un texto puede estar muy bien escrito, pero carecer de lo esencial: la voz de quien lo firma.

Este es uno de los grandes desafíos del uso de la inteligencia artificial en la educación contemporánea: no se trata únicamente de saber utilizarla, sino de aprender a integrarla sin renunciar a aquello que nos hace autónomos.

Actualmente, al entrar en una página web, solemos encontrar un CAPTCHA que nos pide demostrar que no somos un robot. Debemos seleccionar imágenes, identificar objetos o marcar una casilla para confirmar que detrás de la pantalla existe una persona.

No obstante, conforme la inteligencia artificial se integre cada vez más en nuestro día a día, y le vayamos delegando nuestra capacidad de analizar, resumir, crear y decidir —e incluso inconscientemente la percepción de nuestro entorno inmediato—, ¿debo demostrarle a CAPTCHA que efectivamente no soy un robot o estoy dejando de ejercer aquello que me distingue de uno?