jueves, 13 de agosto de 2026

Inteligencia artificial: Entre la herramienta y el reemplazo

La delgada —y a veces peligrosa— línea entre el apoyo cognitivo y la atrofia del pensamiento crítico en la educación y la vida diaria

—Alexander Paredes


¿Estamos utilizando la inteligencia artificial para organizar

mejor nuestras ideas o para que la propia IA las reemplace?

Un estudiante de lenguas se prepara para convertirse en profesor de español. En una de sus asignaturas debe elaborar una propuesta pedagógica relacionada con la cultura mexicana. Tiene varias posibilidades de trabajo: el Día de Muertos, el Grito de Dolores, la Revolución Mexicana, alguna tradición regional, entre otras opciones.

Opta por el Grito de Dolores.

Para preparar su propuesta busca información y encuentra un texto amplio con un rico contexto histórico, simbólico y cultural sobre las fiestas patrias mexicanas. En él encontraría información sobre el origen del Grito de Dolores y su relación con el inicio del movimiento de Independencia de México el 16 de septiembre de 1810, así como referencias al cura Miguel Hidalgo y Costilla, al sonido de la campana que convocó al pueblo a reunirse frente a la parroquia de Nuestra Señora de Dolores y a la arenga que actualmente se recrea cada año durante la ceremonia cívica.

También encontraría elementos simbólicos asociados con esta celebración: el estandarte con la imagen de la Virgen de Guadalupe utilizado por los insurgentes, la bandera mexicana y sus colores verde, blanco y rojo como representaciones de la identidad nacional. Además, el material incluiría referencias a la gastronomía tradicional, como los chiles en nogada, un platillo que condensa los ideales del Ejército Trigarante, donde el verde del chile poblano y el perejil simbolizan la Independencia, el blanco de la salsa de nuez evoca la pureza de la Religión y el rojo de la granada representa la Unión del pueblo mexicano; elementos que consolidan su profunda relación con los colores patrios y con las fiestas de Independencia.

Asimismo, el texto explicaría la diferencia entre la fecha histórica del 16 de septiembre y la manera en que actualmente se vive la celebración desde la noche del 15, cuando familias y comunidades enteras se reúnen en el Zócalo de la Ciudad de México, en el jardín principal de Dolores Hidalgo Cuna de la Independencia Nacional en Guanajuato y en todas las plazas principales del país para participar en la ceremonia del Grito, acompañada de música, comida, convivencia, verbenas populares y diversas expresiones culturales. De esta forma, el documento presentaría la Independencia de México no solo como un acontecimiento del pasado, sino como una tradición viva que continúa formando parte de la identidad cultural mexicana.

El estudiante debe leer el texto, comprenderlo y, posteriormente, transformar esa información en una actividad significativa para sus futuros alumnos.

Pero el texto es extenso. Entonces decide utilizar una herramienta de inteligencia artificial como atajo cognitivo. Copia el contenido y escribe:

«Hazme un breve resumen sobre las fiestas patrias de México que me sirva para proponer una actividad para una clase de español».

La respuesta llega en segundos:

«En septiembre, las calles de México se llenan de rojo, blanco y verde; la gente celebra con alegría, comida típica, música y reuniones familiares. La noche del 15, se reúnen en el Zócalo esperando escuchar la campana para celebrar el Grito y recordar la Independencia del país».

Parece correcto. No hay una mentira evidente. Está bien escrito. Es breve. Es comprensible.

Sin embargo, algo fundamental se perdió durante el proceso.

El texto original contenía elementos que le permitían comprender la complejidad y el trasfondo de la celebración. El resumen, en cambio, redujo todo aquello a unas cuantas frases fácilmente consumibles, dejando incluso en el olvido el propio lugar de origen.

El estudiante ya no tuvo que identificar qué era lo verdaderamente relevante, porque la herramienta ya lo había decidido. Tampoco tuvo que establecer las relaciones entre los diferentes componentes, porque la máquina ya los había organizado. Finalmente, tampoco tuvo que decidir cómo llevar ese contenido a su futura clase y transformarlo en una experiencia didáctica, porque el resumen ya le había entregado una versión predigerida.

La inteligencia artificial puede ser un recurso extraordinario para el aprendizaje. Puede ayudarnos a estructurar una idea previa, mejorar la redacción de un texto, ordenar información dispersa o encontrar una forma más clara de expresar aquello que queremos transmitir. La idea sigue siendo nuestra.

El problema aparece cuando el planteamiento original deja de tomarse como base y es sustituido por el contenido procesado y organizado por la máquina.

Esto resulta especialmente delicado en la formación docente. Un futuro profesor de lenguas no solo necesita acumular datos sobre una lengua o una cultura; necesita desarrollar criterio propio para decidir qué enseñar, cómo enseñarlo, por qué hacerlo y cómo convertir aquello que aprendió en una experiencia significativa para sus futuros alumnos, utilizando la herramienta para estructurar o pulir su propuesta, jamás para sustituir su pensamiento.

Porque un texto puede estar muy bien escrito, pero carecer de lo esencial: la voz de quien lo firma.

Este es uno de los grandes desafíos del uso de la inteligencia artificial en la educación contemporánea: no se trata únicamente de saber utilizarla, sino de aprender a integrarla sin renunciar a aquello que nos hace autónomos.

Actualmente, al entrar en una página web, solemos encontrar un CAPTCHA que nos pide demostrar que no somos un robot. Debemos seleccionar imágenes, identificar objetos o marcar una casilla para confirmar que detrás de la pantalla existe una persona de carne y hueso.

Aunque, paradójicamente, en la vida real hacemos todo lo contrario. Nos ponemos unos lentes inteligentes y decimos: «Hey Meta, ¿cómo está el clima?», «Hey Meta, ¿qué me pongo hoy?», demostrando cómo mirar por la ventana para sentir el viento o elegir qué ropa vestir frente al espejo, parece haberse vuelto demasiado complicado, al grado de normalizar la renuncia a las decisiones microcotidianas disfrazada de estilo de vida o progreso.

Conforme la inteligencia artificial se integre cada vez más en nuestro día a día y le vayamos delegando nuestra capacidad de analizar, resumir, crear y decidir —e incluso, de forma inconsciente, la percepción de nuestro entorno inmediato—, la verdadera pregunta ya no es si puedo demostrarle a un CAPTCHA que no soy un robot, sino: ¿estoy dejando de ejercer aquello que me distingue de uno?

 

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